Los relatos de origen del pueblo Awá, son la fuente de sabiduría para la armonía y el equilibrio territorial
En un principio el mundo solo estaba habitado por árboles, por donde quiera se encontraba con la espesura de la selva. Un día, de un árbol o ti en especial, comenzó a brotar una barbacha negra o titkaya Tipuj, aquella barbacha creció y creció alargándose de tal manera que pronto alcanzaría el suelo. Cuando aquella barbacha negra alcanzó a tocar la tierra, tomó la figura humana; se convirtió en el primer hombre que poblaría en aquellas selvas y al que se llamó Atim Awá. Aquel hombre aprendió a vivir en la “montaña” a comer sus frutos, pescar y cazar los animales, este primer Awá se caracterizó por tener una gran altura, piel oscura y nariz grande, pero su principal don era el de poder hablar con todos los árboles. En aquel tiempo los árboles podían charlar entre ellos y así mismo con el Atim Awá, de estas conversaciones, entre el primer hombre y las plantas, se transmitieron todos los secretos y sabidurías que guarda la “montaña” cada día algún árbol enseñaba algo distinto para poder sobrevivir. Los años pasaron y pasaron y este hombre primigenio empezó a envejecer y con una profunda tristeza de estar solo y no poder compartir con otros semejantes a él. Un día de aquel primer árbol de donde años atrás había brotado el Atim Awá, comenzó a surgir una barbacha esta vez, blanca o pucha Tipuh, de la misma manera las barbachas se fueron alargando y alargando hasta alcanzar el suelo. Al tocar la tierra aquella barbacha tomó la forma de una mujer, la primera Ashampa.
Relato recopilado por el colectivo estudiantil Palashpa- IEBAS
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